Cartas del Autor #4

Mis Queridos 4 lectores:

He estado un poco desaparecido porque estaba preparando un cuentito para un concurso dentro de la revista literaria Hotel  donde resulta que quedé de finalista; aquí el link:

http://revistacincoletras.com/concurso-de-mini-cuento-hotel/

¿Que qué ganaré? Nada más y nada menso la publicación de Minina, un cuento un poco fuera de lo que se maneja en el blog pero bueno, no soy sólo erotismo, señor@s ;)

Así que les pido, por favor, que lo lean y si les gusta, dénle Like (SOY EL FINALISTA 5), un 10 de calificación ( :P )  y difundan.

Otra noticia es que, por cuestiones profesionales y personales, he decidido hacer una cuenta de Facebook para el blog.

 

 

 

 

Cambio y fuera.

J.

Martinis

Risas de martini con soledad enjaulada. Así pudiera describir mi lenguaje esta noche. Cuerpo delgado, porte imponente, mirada vacía, una copa en la mano y la sutil belleza de la desesperanza encarnada. Es como si en mí, el luto hubiera conocido a la alegría efímera del vino tinto y se bebieran a tragos sin tregua alguna. Soy una burla de la dicotomía.

Así paso un rato, bebiendo solo con mi soledad y un montón de hombres detrás preguntando cosas sin sentido y tocándose sin piedad. “Hombres, todos son iguales” le digo a mi copa mientras le sorbo el último aliento de fermento destilado y toco con el dedo índice izquierdo el borde de su cuerpo.

- Hermoso ha de ser la copa que sostienes en la mano – Dice un tipo al lado mío, que sonríe tímidamente. No se ve agraciado, tampoco luce como el peor. Le sonrío con una indiferencia abismal y sigue su plática.

- Sabes, no me gusta entrometerme en la vida de otros pero luces como alguien quién conozco; la cara, las manos, la edad, los movimientos, todo. Y, bueno, perdón, no quiero asustarte pero con eso pareciera que te llevo horas observando y… sí, es verdad. – Lo volteo a ver sin tratar de sobresaltarme y tomo las llaves firmemente con el puño. – No entiendo el por qué de esta plática – y me trato de levantar pero su mirada triste me despierta un dejo de familiaridad. Ya no me veo tan fuera de todo y la dicotomía se disocia un poco.

- No te asustes, sólo es que me recuerdas a alguien que conocí muy bien y ya no está aquí. Se ha ido y no sé a donde ni por qué – En el gesto más amable que he tenido en días, me vuelvo a sentar a su lado. Ha de ser porque ahora al verlo de frente, él también luce como alguien a quién conozco y perdí. – Sé que este no es el lugar, aquí uno viene a platicar y ligar chicos, en otras circunstancias pero te vi tan solo y… – Antes de que terminara esa frase me tiene ya derretido; su fraseo lento, la mirada directa, un trato sincero e igual que yo, se presenta fuera de lugar ante tanta loca del bar. – No digas más – le digo mientras le tomo la mano – no digas más hasta pedir una bebida más -. Pide dos bebidas, una para él, otra para mí. Brindamos por nuestra gente perdida.  Ambos lo sabemos, la plática será larga. – Ahora sí, continúa, ¿a quién te recuerdo? – le digo mientras sonrío, ya sin frialdad. También me recuerda a quien perdí entre los martinis, las poses y mi mirada perdida. Ahora somos dos perdidos en la dicotomía del lugar.

 

Isaac y la ciudad

1º Parte.

 

Me encantan los cambios de ciudad; aire nuevo, vista nueva, gente nueva y lo más importante,  penes nuevos. No que ya esté cansado de mis recurrentes miembros de la familia Platas, no. Me encantan sus capullitos blancos y pálidos llenos de vellitos pero siempre es bueno sentir vergas nuevas por el cuerpo. Y arrimarles la propia, claro está.

Así que aquí me tienen a mí, en esta enorme ciudad en busca de enormes penes. Me bajo del avión esperando y pensando en todo lo que habrá por aquí; es una ciudad más grande y más cosmopolita, por lo tanto es seguro habrá de todos colores, aromas y sabores. Mis ojos no hacen más que brillar y dentro de mí, el deseo aplaude como niño idiota frente a un estante de juguetes.

Llego al hotel y nada maravilloso en el camino, es temprano y el tráfico está de la chingada. Sólo veo hombres trajeados que le recuerdan su madre al de adelante y pelean con sus niños en el auto. Hueva total. Yo vengo por los hombres que están más solos que un calcetín y que están hartos de ver porno y sentirse irritados por no coger. Ése, ese es mi mercado blanco.

Listo en la habitación, me baño para perfumarme y lucir aún mejor. Ellos no me conocen ni yo los conozco, así que sabemos que la primera impresión es la que cuenta. Más cuando vengo de turista sexual y no pienso gastar nada. Afirmo, nada.

Dirán ustedes, ¿cómo es que este wey no gastará nada? Fácil, chichifearé. Todo con la ayuda de mis mejores outfits y las artimañas de un viejo zorro. Bueno, corrijo, un joven y despampanante zorro que se viste de ovejita blanca e inocente que desea señores que le enseñen de la vida. Cosas ellos que me la van a creer.

Salgo luciendo regio y voy a mi campo turístico y obvio, de trabajo, la avenida Reforma. Visto mis tenis hipsters, mis shorts entubados de mezclilla que llega hasta por arriba de la rodilla y deja ver, de manera muy sutil pero clara, mi trasero de burbuja acompañado de mis torneadas pantorrillas. Todo esto va de la mano de un corte a la moda, playera lila ligeramente ajustada en V y mis lentes oscuros, que son pieza clave de este trabajo. Nunca dejarás que te vean a  los ojos, ese es mi lema.

Camino con mi andar inocente y observo todo alrededor, es casi hora de comida y empiezan a salir los extranjeros que vienen de visita de trabajo. Unos altos, otros no tanto, casi todos rubios y calvos, de ojos de color y quijada fuerte. Yo sólo observo tras las gafas de sol y sonrío al aire mientras bebo mi chai en frappé con galletas integrales. Sí, creo que he visto tantas veces Breakfast in Tiffany’s, que ya me la creí y le hago homenajes al por mayor.

Uno de ellos va solo, haciendo como que no mira alrededor pero entra al café dónde estoy. Me mira de reojo y yo sólo sonrío asintiendo con la cabeza. Nunca está de más en este negocio un buenas tardes dibujado en la cara. Pide un café express y sale a  dónde estoy; saca un cigarrillo y usa el clásico truco de no traer encendedor. Me pide muy amablemente fuego y se lo ofrezco, no fumo (más que mota, cabe aclarar) pero insisto, es servicio al cliente.

¿Me puedo sentar? Pregunta de manera acartonada y con un acento que no sé identificar si es alemán o aún más del norte. Lo analizo un segundo, no es feo pero tampoco guapo; quijada cuadrada, mejillas hundidas y ojos de un verde botella que no parecen llevar nada dentro. Unos 45, 50 años pero conservado de cuerpo y cara. Le digo un sí amablemente pero sin tomar mucho interés.

Michael, Michael Ulrich, 48 años, casado, ecónomo y trabajador de no sé qué compañía alemana de nombre impronunciable (las lenguas germánicas no son lo mío, prefiero las romances porque tengo la lengua suelta y la garganta dura). Lo escucho en su mal español y educadamente le cambio el idioma a inglés; lo envuelvo con mi plática llena de mentiras bien entrenadas que no dicen más que nada, todo con pose natural y una sonrisa pelada. Lo veo a través de las gafas oscuras y me ve con ese interés de hombre que encontró hoyo donde acurrucarse. Aquí es donde me quito los lentes y le sonrío a través del chai. Listo, ya tengo la cena pagada, con todo y strudel incluido.