Sillón

Esto es parte de lo que, de aquí a 3 meses, estaré haciendo. Luego les platico más.

 

Estoy aquí sentado en mi sillón, mi sillón tan vacío que siempre tiene espacio para dos y en diferentes posiciones; de lado, de pie, acostado o sentado, él necesita de dos para llenarse por completo para no sentirse frío ni verse vacío, tan lleno de nada, tan lleno del viento. Me paro y lo observo, lo recorro con la mirada, se ve aterciopelado, largo y fuerte pero de nuevo tan vacío siendo que hay espacio para otro, desde cualquier forma y lugar, desde cualquier sitio de su espacio; sobre mí, debajo de mí, acostado, recostado, fundido al lado, escondido entre las piernas, envuelto en pena o desenvuelto de lujuria; con la oscuridad en su esplendor y su boca reluciente de luz, tocando palmo a palmo sus dedos entre los míos y otras tantas cosas en par que ya no quedan escondidas. El pensar esto me hace sentir un poco frágil pero tan sensible, tan mundano pero casi divino, ¿qué me hace falta? ¿Quién que no está? Es ese quién me llene de perlas y de poesía el cuerpo, ese quién entre versos me hile el aliento, ese quién me esconda sus más fuertes movimientos dentro, muy dentro, a quién levante su barbilla y me muestre el inmenso mundo de su ser entero (de su ser eterno); ese quién me haga susurrar lo que no susurré en otros oídos, quién me haga soñar despierto aún estando dormido o me haga sentir el resplandor de sentir antes de pensar, ese quién me haga responder las preguntas de ¿qué? y ¿quién?; ese alguien que espero sentado en mi sillón vacío.

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