Criando malvas

“¿Por qué tenías que ser tan hermosa?” me pregunto al verte mientras amaso la pasta para las tartas. Te ves radiante en tu vestido corto de color amarillo a flores naranjas que te vuela ligeramente al caminar. Luces impecable de pies a cabeza; tu cabello castaño ondula dejando  un aroma a moras, tus ojos almendra que destellan un verde casi primaveral; labios y manos delicadas y tersas como si fueran de porcelana… o eso imagino, porque desde que te volví a ver no te puedo tocar.

Recuerdo esto y me entristezco mucho; dejo de verte para concentrarme en hacer las tartas, que ya es tarde y la clientela no tarda en llegar. Apenas empiezo a darle forma a la masa cuando siento una presencia a mi lado, volteo y ahí estás, con un trazo de papel plástico entre las manos y una sonrisa pícara, como si fueras una niña al descubrir que en su bolso hay dulces escondidos. Sin siquiera poder reaccionar te abalanzas contra mí y me plantas un beso con el plástico de por medio. Es el beso más dulce que jamás he tenido; siento tus labios tersos buscar los míos detrás del plástico mientras te percibo aromática y fresca, casi voluptuosa con solo tocar tu boca y el percibir el vaho de la humedad dejado en el papel.

No puedo cerrar los ojos como tú lo haces porque es la primera vez que te veo tan cerca. Te observo y descubro que sí, tu piel es como de porcelana y el centelleo dorado de tus cabellos no es por el vestido que traes puesto sino es un nuevo artilugio de tu femeneidad para encantarme. Abres los ojos lentamente mientras te retiras del plástico que nos separa; observas fijamente mis labios marcados en el plástico y sonríes aún más pícara que hace un momento. Volteas tu mirada hacia mis ojos para decirme todo entre el silencio que nos ha dejado esto; con ella me dices el deseo que llevas guardado, la tristeza de no tocarte, el placer de haberlo hecho y el devenir del futuro incierto, además de un “no me importa” bien incrustado en tu acción… no puedo hacer más que responderte la mirada tan fija como tú lo haces y sonreír como un estúpido enamorado que no quiere más que hacerte sentir viva por segunda, tercera, cuarta o quinta vez, revivirte cada día y al anochecer, encender el fuego que llevas dentro sin siquiera tocarte.

Me dices adiós con un suave movimiento de mano y te alejas como en cámara lenta detrás del mostrador. Observo cómo te vas desde la cocina y no me cabe duda que hoy habrá tarta de moras en tu honor.

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