El lobo.

1º Parte.

Oloff, el cazador.

– Cúbrete la cabellera y no dejes nada expuesto, eso lo atrae –  Fue lo único que me dijo mi padre antes de abandonarme en la entrada del bosque. Lo de mi cabellera pelirroja no me extrañó, él decía que mi cabello tiene el mismo color del fuego y que eso nunca trae nada bueno.

Empecé a caminar entre los árboles que flanqueaba el inicio del amanecer todavía frío; mi respiración junto con mis pisadas dejaban huella para el Volkodlak que andaba persiguiendo. Dicen que él, ese hombre lobo, había devorado a cada una de las mujeres de la comarca en los últimos meses y ninguno de los hombres se atrevían a vengar a su mujer, hija, madre o hermana por miedo de que su gusto por las féminas cambiara y empezara a devorar a los hombres. Así que, poco a poco, cada uno fue emigrando en búsqueda de otras mujeres antes de sacrificar su vida.

Yo no. Desde que recuerdo no tengo ni hermana, ni hija, mujer o madre que cuidar, sólo a mi padre, si es que le puedo llamar así. Por eso emprendí esta cacería, la cacería del Volkodlak que acecha el futuro del único pueblo que conozco.

Pasa el día entre sonidos de animales y la hojarasca ya seca que truena bajo mis pies; todos sin ningún rastro del hombre-animal más que posibles pisadas de un lobo muy grande y lo que parecía ser sus desechos que desprendían un denso olor a almizcle; sin duda era un macho. Empieza a oscurecer antes de lo que pensé y el viento frío recorre los árboles casi sin hojas, es Octubre y el otoño está presente. El cielo cada vez está más oscuro y nublado, pareciera que caerá una lluvia, si no la primera nevada de la temporada. Me alisto para acampar en un claro del bosque, ya no puedo volver atrás.

Recojo leños secos para la fogata; no hay nada más horroroso para un animal salvaje que el fuego y para mí en este momento no hay nada más caliente que eso. El aire arrecia cada vez más y sin darme cuenta, el rojo de mis cabellos rizados se deja ver por culpa de la capucha que ha caído sobre mis hombros. No me percato de ésto hasta que de repente escucho pisadas a lo lejos, pisadas que van acompañadas de un tambor tribal que va de un lado a otro y pareciera acercarse y alejarse de donde estoy pero no veo nada, sólo árboles y algo que parece ser una liebre que corre hacia su madriguera. En mi caso, será mejor que haga lo mismo si no quiero que la lluvia, la nieve o lo que sea me tome desprevenido.

Llego al claro y ya el cielo está en penumbra, me apresuro antes de que caiga la noche y empiece la tormenta, no quiero ser presa fácil de cualquier animal y menos del Volkodlak. La tienda y el fuego están  listos, ahora a esperar despierto mientras aparece algo en el oscuro de la noche.

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