El Lobo. 5º Parte.

El lobo.

5º Parte. El ritual.

 

El cielo se oscurece a la merced de las nubes llenas de nieve que ocultan la luna llena. El rastro de sangre desaparece bajo ellas pero su olor a almizcle no. Es un hedor fuerte y penetrante, más no molesto, por lo que puedo seguirlo fácilmente, o en este caso, me temo, él me sigue a mí; al igual que los tambores tribales. Desde que apareció en medio de la nevada no han dejado de sonar, en momentos quedo, en otros muy fuerte pero en todos dentro de mi interior. Creo que me ha hechizado.

 

Pobre niño, no sabe que estoy justo arriba de él. Lo observo desde arriba entre los árboles para saber cuándo atacar. Tampoco sabe que la sangre será su perdición y que, junto a ella, perecerá.

 

No sé en qué momento el Volkodlak me ha llevado bosque arriba, ahora estamos dentro de la montaña y el hielo junto con el viento arrecia aquí. Trato de cubrirme con el poco ropaje que llevo y siento algo encima de la capucha. Es un líquido más espeso que el agua de copos derretidos y está caliente, mucho más. Huelo a metal. Es sangre.

Levanto la vista como impulso y lo veo entre la poca luz de la noche y justo cuando alisto la espada, una gota de su sangre almizclera cae dentro de mi boca.

 

Es justo ahora. Le caigo casi encima, el niño aún siendo un humano alcanza a esquivarme y asesta de nuevo en el costado que tengo herido. Le noto una mirada diferente y su aroma ha cambiado. Debe ser el cansancio o que por fin tendré pelea. Lo rodeo para entrar en calor pero sigue mis pasos con espada en mano. No es tan tonto como creí.

 

Ahora lo siento. Es casi como si fuera él. Puedo olerlo, verlo, oírlo y sentirlo claramente. Pareciera que la luna limpiara las nueves y reflejara toda su luz en él.  Aúlla y sé que vendrá.

 

No hay más que tumbarle. Aúllo como el lobo que soy y me lanzo con la fuerza de mis 4 miembros para derribarlo en la tierra blanca. Es pelea a puño y garra limpia; no tiene cómo salvarse, unos rasguños y una mordida letal en su delgado cuello o cerca de su centro lo harán caer y acabará siendo parte del rito.

 

Lo tengo encima, es fuerte y poderoso pero ahora, sin saber cómo, el sonido de los tambores acompasa mis movimientos. Es como si ellos me llamaran y me guiaran en su contra. Y así, de repente, aúlla de dolor.

 

¡Awwwwwwwwwww!

 

Todo mientras me ve directamente con sus ojos grises llenos de dolor. Mi mano izquierda está dentro de su herida. Trata de huir hacia los árboles pero en su intento sólo se lastima más; mi mano sigue dentro apretando fuerte. Siento su miedo, su furia, su dolor y más que nada, el vibrar del tambor que lleva dentro. Es cada vez más rápido y unísono al de mi cabeza.

Como puede se arrastra al borde del árbol más cercano conmigo encima. Ahora estoy sobre de él y literalmente, lo tengo en mis manos. Mientras estoy ahí no puedo evitar verle su cara de dolor; ya no es el hombre bestia que me perseguía y devoraba a las mujeres, ahora sólo es un hombre herido y adolorido. ¿En qué me he convertido?

 

Abuela, madre, no puedo más, ¿qué ha hecho este niño que me tiene a su merced? Está encima, sentado sobre mí regazo, viéndome fijamente con sus ojos sórdidos sobre los míos y su mano dentro de mi pecho. ¿Por qué no lo puedo destrozar de un tajo como a los demás? Siento algo y no es nada de lo que sentí con cada una de las mujeres. ¿Acaso ahora yo soy la presa y él realmente el cazador? ¿O este es mi destino y no volver a verlas jamás?

 

Ya no puedo. Le hago seña de silencio pero creo que no sabe qué hago. Sin más que tomar aliento, saco mi mano de su pecho y de nuevo grita de dolor, igual o peor que la primera vez. Ahora mi mano está llena de su sangre. Su sangre. Los 2 la vemos y nuestras miradas se cruzan y no se dejan. La luz de la luna se deja ver entre las nubes y el rojo escarlata se enciende entre mi mirada y sus ojos que no son grises, sino de un azul glacial. Se acerca a mi mano a olfatear y de un impulso lame la sangre que escurre de mi mano al antebrazo, todo sin desviar su mirada de mí.

Lo veo con una ternura innata y sin saber de dónde nace mi idea, lo sigo en el rito. Lamo su sangre de mi palma mientras él lo hace del dorso de la mano. Finaliza y con un suspiro acaba desmayado sobre el tronco del árbol y apenas respira. Siento que no puedo dejarlo ahí, no ahora. Embebido y embriagado de su almizcle ahora relamo la herida del pecho velludo y aún caliente de la bestia, que ahora me parece más humano y yo me parezco al animal.

 

¿Así que realmente esto era el rito? Extraños senderos trazas, abuela. Tu luz en la sangre me lo ha dicho. Es tu decisión y ahora mi convicción. Él ahora está en mí. Mientras lame mi herida lo tomo con mis brazos y lo cubro del frío; parece entender qué sucederá. Se acurruca sobre mí y la nieve cae sobre nosotros.

El rito ha terminado.

 

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