Isaac y la ciudad

3º Parte

Un paseo por la avenida, hora y media de gym y una lavativa después, estoy listo para Michael, alias El strudel. Salgo del hotel con solo lo necesario: identificación oficial, gas pimienta, limpiador bucal, celular en silencio y conciencia apagada. Llego a la cita con 15 minutos tarde, todo para darle el toque latino que tanto les encanta y para, claro, darme a desear por el alemancito éste. Él está ahí, vestido de forma casual; unos khakis, zapatos cafés y una polo rosa que resalta lo pálido que es, todo en compañía de lentes oscuros a plenas 8:30pm. Ya saben, discreción ante todo, aunque ni siquiera esté en su país. Lo saludo de mano y él hace lo mismo sin dejar a voltear a todos lados menos a mí.  Lo que uno hace por no pagar las comidas. ¿Qué no ve que yo debería de hacer eso y no él? En fin, le sonrío sin titubear y ve que no hay problema. Caminamos hacia el restaurante de un hotel bastante nice dónde dice, en un intento de español, que no lo conocen. A mí me da igual viendo la facha y la carga que lleva este casado; mejor empiezo a ver hacia otros lados.

Unos cuantos minutos de plática entre inglés, español y alemán (póngase un gesto de what? durante la conversación en alemán) para pedir comida mexicana. O sea…  ¡pide comida mexicana! Yo no vengo a otra ciudad, a un buen restaurante para que un extranjero me lleve a comer comida mexicana… Es más, ni siquiera vengo a comer, ¡sino a coger! Lo miro con cara de interés falso mientras me cuenta de sus negocios aquí y de su Grettel o Heidi o como se llame. Hoy, más que nunca, odio a los casados. Me excuso, de nuevo con una sonrisa, y voy al baño. Hago como que orino en el mingitorio pero pienso huir. Un dolor de cabeza, asco por la comida o alguna indisposición, algo ha de ser bueno. No se me ocurre nada creíble hasta que estando en el espejo me llega un chistido del cielo. O bueno, del lavabo de al lado.

 

Sssh, sshh. Hola. Veo que eres nuevo. Soy Pablo, mucho gusto.

 

Me dice con un intento de negar la cruz de su chilanga parroquia. Me hago el occiso pero sé bien que él sabe que soy nuevo aquí.

 

Estoy aquí con un cliente, un poco nefasto, como el tuyo, supongo. Perdón pero te observaba desde la mesa, mi cliente me platica de plantíos de no sé qué en no sé dónde. Yo te veía. Eres guapo, y nuevo. Estoy pensando en dejarlo e irme a una fiesta en dónde se consigue lo mismo que buscamos aquí pero con dinero rápido.
Que diga, guapo, nuevo y dinero en una sola frase llama mi atención. Y lo veo, no es nada feo; aperlado, cabello al ras, cara de judío guapo y cuerpo que dibuja interés en mis ojos. Pero es un chichifo, como yo.

 

Como gustes, guerito. Te dejo mi tarjeta, me voy en 10 minutos.

 

Pablo Echeverría, escrito en un grabado dorado y un teléfono abajo. Lo detengo del brazo – En 10 minutos en el lobby. Pero te advierto, sé como es ésto. – Sólo sonríe y me planta un beso cerca de la boca.

 

Me quedo en el baño por unos minutos arreglando el plan y veo una llamada perdida de mi madre con un mensaje de voz. “Bunny, sé dónde estás, ¿por qué no me dices? ¿Qué te hemos hecho para que nunca nos digas nada? ¿Es que…” No termino de escucharlo y peino el cabello que tengo fuera de lugar. Salgo del sevicio y paso directo al lobby sin ver la cara de muerte alemana con la que se queda Michael y su impotencia por no poder hacer una escena. Es muy de casados.

 

Nos vamos – le digo a Pablo sin voltear a verlo.

Pensé que no lo dirías – dice desde atrás de mí acomodándose el saco.

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