Isaac y la Ciudad

5º parte.

Recuerda el  plan, todo el tiempo, no nos salgamos de él, ¿ok? – me dice Pablo mientras me mete unas pastillitas de colores dentro del bolso oculto del jockstrap. No contesto nada por verme al espejo con el disfraz que conseguimos de última hora. Irónicamente, era de conejo. Obvio, desechamos toda la botarga y solo me quedé con las orejas y el jockstrap de cuero que ya traía puesto desde que salí del hotel. Le sonrío asintiendo por su perseverancia con la mirada pero la verdad, no recuerdo del plan más que le quiere robar al jefe del salón, un viejito rabo verde que es el dueño del lugar y según él, no hay seguridad, es por puro placer de coger. Si es cierto eso, ya somos dos los que creemos que esto debe ser por placer. Y a todo esto, a mí nadie me dice qué seguir, yo sigo lo que quiera cuándo yo quiera. Si se me antoja robar algo o quedarme con uno de los daddies de aquí, es mi pedo.

Salimos del vestidor, él con su máscara de caballo y su atuendo de mesh blanco y tennis Converse que hacen juego, y yo con el jockstrap de cuero, las orejas de conejo y unas hombreras de felpa improvisadas con los pedazos de botarga. Y claro, mis botas de piel que no pueden faltar. Llegamos al final del pasillo y entramos a una sala grande con una barra de bar, salitas lounge, música electro y privados con cortinas de terciopelo. Todo decorado por hombres vestidos como si fuera un zoológico. En un privados unos con máscara de mono, unos chicos de osos y lobos y otros cerdos de látex rugoso. Todo un zoológico en cueros.

Me voy a dar la vuelta y creo que llegamos un poco tarde, la mayoría ya están ocupados entre 2, 3 ó 4 personas. Volteo hacia donde estaba Pablito y se ha ido; así que me voy a la barra a ver qué animal me cae. Sin tardar, me pongo en posición de atacar; apoyo los  brazos y saco la retaguardia curveando la espalda – Un Cosmopolitan, pajarito – le digo al barman que está ataviado de pájaro chocarrero o algo así. Volteo mi mirada todavía en esa posición y siento los ojos de unos cerdos y pájaros que están detrás de mí. Sus ojos cayeron en el hoyo.

Sin más, llega un oso (en toda la extensión de la palabra), oliendo a tufo de mezcal y me dice que ¿qué tal? Le demuestro mi poco interés al ver a lo lejos, detrás de él, al caballo blanco que me trajo aquí. Luce como un potro, reluciente en su atuendo que resalta su piel bronceada y cuerpo torneado y sin más de media hora aquí, el tipo ya está con el viejito rabo verde disfrazado de jabalí; que por cierto, ahí sentado en el fondo el salón, se ve desde aquí que le cuelga todo tanto que no sabes dónde empieza su barbilla y dónde acaba su estómago. Asquito con esa gente.

Entonces qué guerito, ¿te avientas un II romano en ese culazo? – Escucho decir al oso asqueroso que sigue frente a mí y a un tipo esquelético con máscara de lobo que me agarra la nalga izquierda sin haberme saludado. – No vengo solo, queridos – me los quito sin hacer escándalo y camino hacia el final de la barra para agarrar a mi caballo blanco. Sin avisar lo volteo y le planto un beso guarro y lleno de saliva mientras lo tomo de la cara tocando su barba de días recortada. – Isaac, Isaac Depraect, señor – saludo al viejo jabalí decrépito y así como llegué, me voy y me subo a la barra a bailar y ahora todos voltean a verme, incluyendo Pablo.

Eso sí era parte de mi plan.

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