Isaac y la ciudad

 

 

6ª Parte

 

Let me see you dance, let me see you move, white horse – me dice la canción mientras bailo como vil chippendale frente a un montón de hombres con máscara; unos viejos, otros no tanto y unos cuantos de mi edad pero al fin y al cabo, muchos hombres con el rabo duro y tirante por mí. Me les contoneo, me les muevo, me les abro de piernas y les enseño el hoyo que palpita por ellos.

Entre la música escucho gemidos, suspiros y guarradas que van desde ‘papito’, pasando por ‘déjame cogerte’ hasta un ‘pícate el hoyo’ y ‘vente conmigo, conejito’. Todo disfrazado con caras de animales; hay cerdos, águilas, cuervos, venados, lobos, osos y qué más sé yo, que me da igual porque no veo a mi caballo blanco para hacerles el show completo.

Me paro de estar en 4 sobre la barra y ya no está con el abuelito jabalí; a ese lo tengo aquí en frente tocándose su rabo verde y podrido y pierdo esperanza de hacerles la escena de sexo en vivo por un momento pero justo al agacharme para dejar todo al aire lo veo detrás de la barra en donde estoy y está vaciando polvos a las bebidas. Creo que, sin querer, el plan de ambos está saliendo; así que me dedico a lo que me viene como anillo al dedo. Volteo hacia donde está mi público, no sin antes, como si de la bendición se tratara,  echarme una pastillita del jockstrap para la buena suerte.

Ahora, con la verga por delante y la voluntad volteada me dejo caer al placer de esos hombres que me desean. Bajo y me hinco ante los 3, 4 ó 5 que me rodean; saboreo sus jugos mientras otros tantos observan mi arte. Unos salados, otros dulce, otros amargos y muchos otros sin identificar, no por lo drogado, cabe aclarar, sino que es dificil diferenciar el sabor de dos penes en la boca cuando están al mismo tiempo.

Ni tardes ni perezosos me arrastran al centro del lugar y ya ni sé quién es quién ni dónde estoy pero sé bien para qué estoy. Lamo, succiono y mamo a cada uno como si se me fuera la vida en ello mientras otros tantos que no distingo me tocan, acarician y me besan la espalda, el cuello y como si de un manjar se tratara, pelean por ver quién me besa el trasero.

Algo me distrae de mi tarea porque siento el golpeteo de un miembro bien erguido. Volteo y es el hombre con cara de lobo de hace unos momentos. Sí, el sin chiste que me agarraba la nalga ahora lo veo con el chiste, un gran chiste al parecer. “Dame el hoyito, conejito” me dice golpeándome el trasero con su arma y yo asiento con la cabeza después de cerciorar que todo sea seguro. Le da y lo deja ir y siento como su cabeza se hincha mientras yo deshincho otras con mi lengua. Ahora todos gritan, gimen, se exhiben y quieren ser el lobo por un momento pero no, éste solo se gano el lugar porque parece una tercera pierna.

A como puedo lo acomodo y lo tiro al suelo para cabalgarlo a mi voluntad. Ahora el lobito aúlla como puede mientras otros me aúllan en la cara. De un momento a otro lo siento, uno se viene al lado izquierdo y me llena el hombro sin más que un “ay, ay, ay”. Era su amigo el cerdo. Ahora todos le siguen, como si de manda fuera y uno por uno van vaciando su leche sobre mi cuerpo entero hasta llenarme el pecho, la espalda y los hombros,  con unas 3, 4 gotitas traviesas que resbalan por mi cara.

El lobito de 3 piernas no tarda en hacer lo suyo; me pone en 4 de nuevo y se saca el cipote para dejarse venir por toda la espalda y el trasero y yo solo lo arqueo más porque, quien no estaría extasiado por haber sido cogido por ese semental flaco y sus amigos que me tienen escurriendo placer por doquier. Ahí, primero en 4 y luego con las piernas arriba, recibo a todos los que faltaron hasta sentirme casi pleno por dejarlos a todos secos y casi muertos a mi alrededor.

Respiro y veo a todos jadeantes y tirados en el piso y en los sillones y me siento, y me veo en los espejos a lo lejos. Ni todas las pinches reinas juntas han tenido tantas perlas como yo ahora; perlas jugosas y tirantes que se combinan y mezclan por cara rincón de mi cuerpo y que dicen “deseo” en su lenguaje secreto.

Un brindis, por Isaac que nos ha hecho pasar una de las mejores noches del club – dice desde la barra Pablito, ahora solo vistiendo la máscara y el mesh interior, ¿habrá participado? Todos toman su copa a como pueden y gritan salud al unísono, vacíando su copa de un solo trago. Pablo se me acerca y viene con una sonrisa que no puedo descifrar. De repente, veo como uno a uno de los señores queda duro, sin moverse, todos, incluyendo los chichifitos chafas que los acompañaban. – Eso es lo que pasa cuando mezclas alcohol y roofies – me dice Pablo tomando agua purificada de una botella. Ahora lo entiendo todo y él lo nota – Pero qué lindo conejito me he encontrado aquí – me dice y me besa mientras todavía escurro semen y sudor.

 

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