El sueño

Tuve ese sueño otra vez.

 

– ¿Cuál? –  Le pregunto a Julián mientras me acomodo en la cama para empezar a cucharearlo.

 

El de los hombres de ojos rojos. Pero hoy lo recuerdo casi al 100.

 

– A ver, dímelo chiquito – le digo tratando de fingir un poco de atención viéndolo a los ojos y sintiéndole las nalgas entre las piernas.

 

Era yo cuando niño, no creo que más de 10 años. Despertaba en medio de la noche y era mi recámara tal cual en ese entonces. Veía entre la oscuridad a mis juguetes, mi closet en frente y la foto de mis hermanos y yo de bebés, ahí salgo de 2, 3 años. De repente noto que mis hermanos dentro de la foto empezaban a hablar rápido, sin decir nada, virando la mirada como señalando algo y yo asustado no sabía qué hacer por ver las imágenes de nosotros moverse y mi impulso fue voltear hacia dónde señalaban sin saber qué esperar. Eran ellos 2. Dos grandes sombras negras de ojos rojos que me observaban, una desde la orilla de mi closet y otra ahí mismo donde están tus pies, a la orilla de la cama, sentada viéndome fijamente y despidiendo un olor profundo a animal, como si fuera un perro mojado, o un caballo embravado. No sé decirlo. La otra sombra sólo me veía y sonreía grande y marcado, con dientes blancos que remarcaban sus rojos ojos que desprendían lujuría. Pronto ella venía hacia mi cama, rozaba la silueta de la otra hasta llegar al otro extremo para contemplarme, al igual que la otra.

 

Viendo su consternación en la mirada, creo que es la primera vez que lo siento temblar de esa manera entre mis piernas – ¿Y te hacían algo? Qué más, dime – ya saben, con él me salo lo poco de humanidad que tengo.

 

No, sólo me contemplaban, quedo, como si me quisieran arrullar con sus ojos rojos pero hacían todo lo contrario, me perturbaba verlos, lloraba en silencio y no hacía más que rezar como viejita cristiana; recordaba todo lo del catecismo pero ni así se iban, es más cada vez los sentía más pesados en mis pies y mucho más cerca, a los 2 los podía oler como te huelo aquí ahorita.

 

El pobre temblaba más y más y sin poder evitarlo, casi lloraba de recordarlo. Ven y acurrúcate aquí conmigo – le digo mientras lo abrazo por la espalda para convertir sus quejidos en gemidos, todo mientras me pregunto ¿Qué nos han hecho?

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