¿Quién tiene las de perder?

– Es que quisiera decirle… – me dice con su cara de niño rogón que tan bien le sale.

– ¿Para qué? Nadie más se tiene que enterar, ésto es entre tú y yo, y desde hace años. No seas tonto y ven acá – le digo señalándole mi entrepierna.

– Pero es que… él se lo merece. Alex se lo merece. – me lo dice sin poder verme a la cara, casi tragàndose sus palabras.

– Ja ja ja ja ja. Por más amigo, pareja, novio o lo que sea, tú eres mío y se acabó. Ya, ven acá – y le tomo suave pero de manera firme la nuca para acercarlo a mí. Pone sus manos en intento de resistencia pero sé como manejarlo desde hace mucho tiempo. Sé por dónde empezar y por dónde terminar como si se tratara de mí. Y es que como no va a pasar eso si desde aquel día cuando ví a su papá, El Don, wankearse en el baño con su cuerpo de centauro al desnudo, Julián y yo somos mucho más amigos de lo que ya éramos.

Ese mismo día, ya en la noche, pasó el accidente que nos unió. El accidente que su papá provocó en mí y que no ha dejado de perseguirme hasta este día: el deseo por las vergas de esta familia y el quedarme en ellas, sea como sea; a veces con el papá, a veces con Julián. No importa como, a mi me gusta saboreármelas desde los 12 años y sentir el olor que emanan los dos, que es muy parecido aunque luzcan y sean tan distintos.

El Don es puro músculo de hombre cubierto de galantería y es velludo hasta por la espalda, aunque lo niegue. Julián no. Tiene ese cuerpo estético que te deja la natación y es velludo pero no como el papá, tiene en donde debe y la cantidad suficiente, ni más ni menos. Y su cara de niño con asomo de barba. No como El Don, que la barba se le dibuja desde las ojeras botoxeadas y que le sigue casi hasta el pecho.

No lo niego, los dos me vuelven loco de una u otra manera, y los dos lo saben a la perfección; aunque ahora el pequeño Julián me sale con que le quiere decir al noviecito ese que tiene, Alex, que no nada más se las dá a él sino a su mejor amigo desde hace 10 años. Pobre iluso.

En todo caso, si le dijera, ¿quién creen que lleva las de ganar? El vejete ese que es casi de la edad de su papá y sin pastillita azul no es más que un bulto más o este buenazo que tiene en frente que con agarrarle esas nalgas de muffin la tiene tan parada como un asta. Hasta la pregunta es tonta, más porque ahorita ya lo tengo de espaldas en la cama con las piernas levantadas pidiendome más.

– Recuerda que tú eres mío, Julián. Todito mío – y se la dejo ir completa.

 

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