El accidente

¿Les ha pasado que despiertan y lo único que desean es mamársela a alguien? Así amanecí hoy, restregándomelo contra la cama y babeando por una buena verga.

Obvio, saben a qué me refiero pero no por qué lo hago. Les diré.

Gracias a las tonterías de tener sentimientos que me hace pensar Julián me he acordado mucho del accidente. Tendríamos 10, 12 años, por el mismo tiempo de cuando vi a su papá masturbarse frente al espejo. Como no recordarlo. Yo estaba en su casa y se encaprichó en no querer salir y jugar ahí, en su recámara. El pobre era un freak desde niño y me hacía esconderme en el closet con él por horas y jugar en nuestro mundo.

– Vamos, hoy contemos historias – me dijo.

El pobre no tenía idea de la historia de ese día, y mucho menos yo, creo.

Estábamos ahí los 2, contando historias de los niños más grandes, de lo que le encontraba a sus hermanos en los cajones de la ropa y fantaseabamos en ser mayor y cómo sería nuestra vida; hasta que un ruido nos asustó. Quiso salir a ver qué era pero lo detuve. Era un sábado a media mañana y se supone que no había nadie en casa. Vimos por las rendijas de la puerta, primero yo y luego él. Traté de detenerlo para evitar la escena pero mi asombro era demasiado y el de él igual. Era su padre, El Don, besuqueándose con alguien más que su mamá. Era un hombre.

Entraron de un golpe a la recámara y tratando de ser cautelosos cerraron y ahí estaban los dos, comiéndose la boca y tocándose la cara, el pecho, la espalda y las nalgas del otro hombre no dejaban de ser estrujadas por El Don, al igual que éste no le dejaba el bulto hasta que el papá de Julián soltó la frase que se repite mucho en mi mente, como hoy que amanezco.

– Mámamela, wey – dijo quedo pero muy claro . El otro hombre no hizo más que obedecer.

Al mismo tiempo, Julián hecho un gritito ahogado y me miró. Su mirada decía todo; furia, dolor, miedo, sorpresa y algo que por primera vez veía pero volvería a ver muy seguido en él y en muchos otros: deseo.

Le tomé la mano y lo callé, traté de voltearlo pero nuestra curiosidad era mayor que cualquier otra cosa. Hasta ese momento no sabíamos bien qué era mamarla y queríamos saber antes que todos. El hombre bajó al piso a la par de los shorts de El Don y lo vimos ahí, en todo su esplendor, el pene saltando de la ropa directo a la boca del hombre que empezó a saborearlo como un helado; un helado que estuviera al borde de derretirse y tenía que ser lamido por todas partes para no ser derramado.

Yo no sabía qué ver, si la escena que dibujaba su papá frente a nosotros o a Julián. El pobre Julián. Le tomé la mano con más fuerza y él hizo igual, llevándolas juntas sobre su pierna, muy cerca de su cadera. Así seguimos viendo el espectáculo; cómo El Don le daba órdenes, qué y cómo eran todas las partes de su cuerpo, cómo te cambia éste con el tiempo y saber qué eso de eyacular no era nada vergonzoso, sino todo lo contrario.

No sé cuánto tiempo haya pasado, ni tampoco Julián pero de la misma forma en cómo llegaron de rápido, igual se fueron, como escondiéndose de todo y nada.

Terminado el show no supimos qué decir pero supimos qué hacer. Ahí mismo empezó todo; me la mamó como ese hombre lo hizo con la de El Don y como yo haría después y muchas veces con la de su padre.Ya no contamos historias sino las empezamos a hacer.

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