Lentes de Sol

1º Parte

 

– No te puedo ver más – .

 

Fue lo que salió de su boca al cerrar la puerta del loft mientras lo veía desde el reflejo del espejo, todavía dormitado por el sexo. ¿Realmente había dicho eso? ¿Por qué tan cobardemente y de tan de lejos? ¡Bah! Ni siquiera hubiera podido reclamarle algo porque no me gusta llorar cogidas que no son mías, sino de su esposa. Pero… ¿por qué así, sin siquiera poder verme  a la cara y de lejitos?

Cosa hermosa. Tanto le dolía dejarme que el cabrón no pudo verme a la cara y decir “Lo siento, esto no puede continuar” o alguna otra frase melodramática que dejara todo mejor y satisfaciera mi poca, pero demandante, necesidad de drama. Pobre, siempre tan… tan… así. Tan él. Tan escondido, tan oculto, tan poca cosa. La pobre mujer siempre se lo ha traído cortito y agarrado del rabito; desde que recuerdo, El Don no ha sido más que un adorno para la señora; un adorno caro y bonito que le fue regalado el día de su boda al que puede usarlo a su voluntad.

Ahora que lo pienso, nos parecemos tanto esa vieja y yo, pero ella tiene las de ganar. O bueno, ante la señoras casadas bien como ella, que se chupan el dedo con el anillo de kilates puesto, las tiene ganadas y con premio. A ella la envidian, la ven feo en las fiestas y le dicen tanta pendejadita a sus espaldas por el hombre que se carga entre las piernas mientras él sólo sonríe y obedece al simple movimiento de sus ojos. A veces me pongo a pensar si ella no se lo coge a él y no al revés. Tal vez por eso venga aquí conmigo y se desquite toda la castrada que le pone la vieja y se vuelve el hombre, el hombre parteculos que en realidad es. Ahí sí yo las llevo de ganar porque, bueno, no tendré el dinero ni las joyas ni el título pero yo tengo al hombre y ella a un vil adorno. Conmigo no anda con estupideces ni poses, ni es un aditamento más a mi ropa, sino al contrario, se deja de esas cosas y solo viene para lo que es bueno, para abrirme en dos y hacerme gemir como gato en celo mientras la señora se peina en su tocador.

Sí, él era mi hombre y esa pinche vieja me lo ha quitado. Ahora sólo me queda el hijo que sí, me satisface bastante pero ese no mete ni el dedito pero sí le gusta que le entre todito. Hay otros señores, chavos, unos casi niños pero no hay ninguno como el pinche Don, con su cuerpo de mcdaddy, velludo y fornido; con sus piernas fuertes, sus brazos voluminosos, sus nalgas poderosas y su abdomen marcado por el caminito de vellos lisos que llegan a ser púbicos y ensortijados en la base del pene más venoso, rosado  y hermoso que he visto en mi puta vida. Uncut, por cierto. UNCUT. ¡Chingado! ¡¿Cómo lo he dejado ir?!

Me visto a como puedo, puros pantalones cortos y camisa interior, el pelo enredado y flip flops no disimulan la consternación, ¡¿dónde fregados están mis lentes oscuros?! Los tomo de la mesa de llaves, junto al celular, el cual al  instante que lo guardo en el bolsillo y cierro la puerta suena. ¿Será él?

 

Hola. Necesito hablar contigo – me dice una voz similar a la de El Don pero no es él, es su hijito.

No puedo ahorita, te marco al rato.

No, no cuelgues, es urgente.

No seas nena, te marco después – y le cuelgo para salir corriendo al elevador.

 

Cuatro pisos después y sacudirme la desesperación de la cara con las gafas en el elevador para saber que ya no está. Ni en el estacionamiento, ni fuera ni nada. No está. El teléfono suena con tono de mensaje y es Julián “Voy para contigo, urge hablar” .

¡Qué la chingada!

 

 

 

 

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