El bailarín

Hoy es el primer día de clases, me ajusto los calentadores y las zapatillas mientras escucho muchas conversaciones de el qué, cómo, cuándo y con quién estuvieron los días libres. La verdad, esas pláticas no me interesan pero es lo que hay de fondo; en lo personal, prefiero el silencio o un buen compás de tres que me haga bailar y no un montón de barullos que suenan peor que el sonido de la calle a hora pico.

De pronto, el sonidero de guacamayas con tutú va bajando el volumen y abre paso a otro más, un ruido de zapatos que no son zapatillas se escucha detrás del montón de barullos hasta llegar a callarlos con un simple Buenos días dicho por una voz gutural y masculina. Es el maestro que nos da la bienvenida a nuestro primer curso.

Me incorporo como puedo pero me veo torpe, o me siento así al verlo. No es lo que sueles esperar cuando desde niño, hasta ahora, dónde inicio una carrera en la danza, he tenido sólo maestras y nunca maestros, menos un maestro con voz y apariencia de gendarme que escucharlo aquí es como una escopeta en medio del bosque para despertar  y asustar a todas las aves del lago.

– Hoy iniciaremos la sesión mostrando lo que ustedes pueden hacer. Se pondrá esta sencilla canción – y al girar la mano, el piano de cola que está detrás suyo resuena con una canción clásica más que conocida – ustedes mostrarán sus pasos y observaré si están realmente en el nivel que deberían.

Todos lo escuchamos e inmediatamente al terminar de decir ésto, todos los pajarracos con mallas se ponen de nuevo a hablar, ahora de manera nerviosa porque al parecer cada uno quiere demostrar ser el mejor. Yo no. Me siento a estirarme solo en el rincón de la izquierda, callado y sin ver a nadie directamente porque para eso están los espejos. De ahí veo al maestro, un hombre en sus 30’s, tal vez inicio de los 40’s, delgado, ligeramente más alto y fornido que nosotros, como si todos esos años de gimnasia y danza se le hubieran acumulado en sus músculos y en el entrecejo con arrugas de pensamiento. Viste un pantalon sencillo de color negro y un sweater arremangado color gris, el cual hace resaltar lo pálido de su piel y el color de sus ojos.

– Puedes iniciar tú – dice señalando a una de las chicas bonitas del montón; la pobre hace un gesto de falsa sorpresa y sonríe a todos nosotros, mostrando todas sus carillas dentales. De seguro será la que buscará a como de lugar los solos. Así van pasando 3, 4 chicas consecutivas, todas haciendo una copia de la anterior, después el primer chico y así hasta solo quedar el último grupo, en el cual quedé.

– Ahora cambiemos, sigues tú, el chico que falta – al mismo tiempo que se levanta de su lugar y me señala, frunciendo el entrecejo. Doy 5 pasos adelante, me pongo en firmes y estiro y alargo la espalda y el cuello; flexiono mis tobillos como es costumbre y marco el ritmo con el pie derecho al unísono de las primeras teclas del piano.

Inicio mi rutina que no está hecha, prefiero seguir a mis instintos que se excitan con los soles y bemoles, dando la clave exacta para mis movimientos. Cada uno de los sonidos son las cuerdas que mueven mis músculos expresivos; éstos mismos son los que hacen borrar a todas las águilas arpías que me ven con envidia cubierta de curiosidad y oscurecen la luz de las ventanas dejando solo al proyector central destellando para mí.

De pronto, la música se detiene y para en seco el trance del baile. – Detente – y se pone detrás de mí. ¿Qué he hecho mal? Es lo único que llego a pensar. A ninguno de los anteriores bailarines lo había detenido de esta forma. Los demás lo notan y no puedo evitar sonrojarme, sobre todo cuando la primera chica suelta una risotada tan delicada como castrante.

Tienes potencial, sólo déjate de poses y baila – me dice al oído, casi susurrándomelo al mismo tiempo que se pega a mí, tocando su torso a mi espalda ya sudada. Pone su mano izquierda en mi estómago y la otra guía a mi mano hacía lo lejos. – Sigue mis pasos y déjate llevar con la misma pasión pero con las líneas que te plasmo – susurra de nuevo, llegando a darme un escalofrío electrizante. Al momento ya estoy listo en puntas y frunce mi cadera contra la suya, guiando con sus manos fuertes a la mía hasta soltarme con la inercia que me marca. La música sigue de fondo y las arpías de nuevo se van a la oscuridad, más envidiosas que antes; el proyector me inunda de nuevo de luz pero ahora tengo una línea trazada, sin bemoles ni soles, sino  una línea marcada con sus largas marnos y sus ojos negros que me miran sin parar.

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