El diario.

El buen sexo y la marihuana podrian resolver los problemas del mundo. Más si todos tuvieran a un brasileño con antepasados alemanes revolviendole las entrañas. Así hasta te olvidas de que posiblemente mataste a dos personas, robaste un carro, andas de fugitivo y vives de chichifo a expensas de otro chichifo.

Sí, Pablito y MJ me hacen sentir todo y a la vez nada. Esto es la pura vida.

Pero retomemos la historia de cómo llegué aquí y como terminé medio drogado entre las piernas de mi viejo Pablo. La historia en mi ciudad es corta; me eche a medio MH, un cuarto de DN y otros que agarré en las plazas comerciales pero ninguno llenó tanto como El Don y obvio, su hijo. Con ellos jugaba y destrozaba la poca dignidad que me quedaba. Era el amante de el señor, era con quien se desquitaba las frustraciones de su fálica y pretenciosa esposa y el otro, su niñito, como el Don lo llamaba ante todos, era más sumiso que una señorita bien de los 50’s y tú, querido diario, por si no lo sabes, esos son los peores; con solo guiñarles el ojo te respingan el culo .

Así que entre uno y otro, me pusiero entre la espada y la pared (o entre la verga y el culo) y no soporté más cuando apareció el estúpido de Alex para arruinarlo todo. Su galantería de golfo 70’s, con mechón de canas incluido, me asqueaba tanto como pensar en el Don echándose a su mujer; solo que en este caso, ese remedio de Mauricio Garcés me suplantó en el trasero de mi Juliancito. Sentirse desplazado de ese culo realmente te dan ganas de matar a alguien, aunque sea jugando con asfixia erótica. Muy Kylie el asunto.

En fin, regresé a donde yo pertenezco, a una ciudad donde nadie me conoce y que nunca lo hará en realidad. Ni siquiera Pablo, que conoce mis buenos momentos y varios de mis males, me conoce bien. Platicar con alguien de vez en cuando y echártelo en un orgía de enmascarados no lo hace tu confidente pero sabes que le puedes llegar de sorpresa por unos días a cambio de sexo a montones y mota al por mayor. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestro precio y ese es el de Pablo y el mío también. O bueno, a estas alturas ya ni sé porque…

 

 

– El monchis me está matando. Salgamos, y en la noche vemos qué agarramos – me dice Pablo todavía adormilado.

 

– Claro – le digo a Pablo mientras le agarró suavemente con una mano su nalga velluda y con la otra cierro el diario. Mañana será otro día y una hoja más que contar.

 

 

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