Martinis

Risas de martini con soledad enjaulada. Así pudiera describir mi lenguaje esta noche. Cuerpo delgado, porte imponente, mirada vacía, una copa en la mano y la sutil belleza de la desesperanza encarnada. Es como si en mí, el luto hubiera conocido a la alegría efímera del vino tinto y se bebieran a tragos sin tregua alguna. Soy una burla de la dicotomía.

Así paso un rato, bebiendo solo con mi soledad y un montón de hombres detrás preguntando cosas sin sentido y tocándose sin piedad. “Hombres, todos son iguales” le digo a mi copa mientras le sorbo el último aliento de fermento destilado y toco con el dedo índice izquierdo el borde de su cuerpo.

– Hermoso ha de ser la copa que sostienes en la mano – Dice un tipo al lado mío, que sonríe tímidamente. No se ve agraciado, tampoco luce como el peor. Le sonrío con una indiferencia abismal y sigue su plática.

– Sabes, no me gusta entrometerme en la vida de otros pero luces como alguien quién conozco; la cara, las manos, la edad, los movimientos, todo. Y, bueno, perdón, no quiero asustarte pero con eso pareciera que te llevo horas observando y… sí, es verdad. – Lo volteo a ver sin tratar de sobresaltarme y tomo las llaves firmemente con el puño. – No entiendo el por qué de esta plática – y me trato de levantar pero su mirada triste me despierta un dejo de familiaridad. Ya no me veo tan fuera de todo y la dicotomía se disocia un poco.

– No te asustes, sólo es que me recuerdas a alguien que conocí muy bien y ya no está aquí. Se ha ido y no sé a donde ni por qué – En el gesto más amable que he tenido en días, me vuelvo a sentar a su lado. Ha de ser porque ahora al verlo de frente, él también luce como alguien a quién conozco y perdí. – Sé que este no es el lugar, aquí uno viene a platicar y ligar chicos, en otras circunstancias pero te vi tan solo y… – Antes de que terminara esa frase me tiene ya derretido; su fraseo lento, la mirada directa, un trato sincero e igual que yo, se presenta fuera de lugar ante tanta loca del bar. – No digas más – le digo mientras le tomo la mano – no digas más hasta pedir una bebida más -. Pide dos bebidas, una para él, otra para mí. Brindamos por nuestra gente perdida.  Ambos lo sabemos, la plática será larga. – Ahora sí, continúa, ¿a quién te recuerdo? – le digo mientras sonrío, ya sin frialdad. También me recuerda a quien perdí entre los martinis, las poses y mi mirada perdida. Ahora somos dos perdidos en la dicotomía del lugar.

 

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