5 años

Cuando camino por esta ciudad, siempre he sentido una paz infinita. Sí, hay mucho smog, mucha gente, escándalo por doquier y sabrá el diablo qué tanta cosa más pero en estos 5 años que llevo perdido aquí, sin que nadie me encuentre ni nadie sepa de mi, todo ha sido maravilloso.

Por lo natural me despierto, hago mis ejercicios, preparo el desayuno y se lo llevo a Pablo, a veces a la cama o a veces sobre mí, vil Samantha Jones pero sin lo vieja y desesperada. Esto es por amor a él y todo su mulato cuerpo. Quién diría que la cruza de un nazi con una brasileña de favela generaría al puto que me emputa todos los días entre su pene ario y venudo a la par de sus latinísimas caderas.

Pero no crean, a veces pienso regresar, saber cómo está todo, si ésos existen, si mi madre existe, si mi depa existe y si el yo de Monterrey todavía existe. He escapado, me he ido sin Pablo; a la playa, a otras ciudades, y en si, el llegar la primera vez y regresar aquí después de cada perdida siempre son toda una odisea pero nunca he podido regresar hasta allá, mi ciudad.

Realmente, tampoco quisiera arreglar mi destino, a mi me gustan las cosas curvas y chuecas, y si son gruesas mejor. Es solo que a veces, una voz lánguida y débil, la voz de Julián, regresa a mí y su imagen tirado en el piso del baño mientras yo asfixiaba a su estúpido Alex; esa mezcla de recuerdos me termina por perturbar y ni un puro de chronic me llega a calmar. Ahí es cuando escapo lejos de Pablo y vuelvo al de antes. Mcdaddies, putitos, y el fauno se me sale por todos lados y nadie puede controlarme.

Aunque, últimamente, todo es distinto, entre nuestro negocito de escorts, mis cultivos de mois y nuestras divertidas, recordando y actuando la orgía en dónde nos conocimos, después de todo eso y estos 5 años, a mis casi 27 años, tal vez, sí, esté enamorado y justo ahora voy a camino a comprarle ese placer que no siempre nos damos. Comer un pastel.

Entro al lugar, pido uno asquerosamente calórico, pastel cubano, el cual si fuera persona, él lo correría, no hay nacionalidad que odie más. Mi amado cerdo capitalista. Lo envuelven y justo antes de pagar, una señora me toma del brazo, me abraza al instante y empieza a llorar sobre mi hombro desnudo por la playera sin manga. Berrea entre sollozos cosas que uniéndolas me hacen retirarla de encima de mi y salgo corriendo del lugar, sin preocuparme si el pastel está arruinado por el movimiento.

– Espera, ¡esperaaaa! – La señora grita y corro en otro sentido al departamento.  “Tú… tu… no has… mi vida… ¿por qué..? ¡Murió!”, repito todo el camino en mi mente. Rodeo el lugar y llego casi como un delicuente al departamento. Veo el celular, ella sabe quién soy. No sé cómo pero mi madre me encontró y él, él ha muerto.

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