28

Nunca pensé que pasaría de los 27 años. Toda mi adolescencia y parte de mi joven adultez pensé en quedarme hasta ahí, lo suficientemente maduro para no ser un niño pero aún bastante joven para ser un señor. Realmente, me equivoqué.

Desde los 15 años quería morir. Había una fascinación en ello. Era como si un brillo hermoso y reluciente me llamará, siendo yo una vil abeja, atraído por ella. A eso ahora le llamo “la flor de la juventud”.

El éxtasis simple de sorprenderse una y otra vez, el descubrir lo nuevo y saberte ya sabio. Ser tú mismo cada día pero ser diferente en cada uno, como si te quitaras una capa transparente y sacaras a relucir el mismo pero diferente. Un nuevo yo, a veces mejorado,  otras tantas empeorado.

Me fasciné con los artistas suicidas, Alberto Greco,  Nicolas de Staël, Vincent van Gogh, Virginia Woolf y muchos otros más. Aventarse por la ventana o un puente, colgarse del techo y no sentir más el parquet, tomar medicamentos hasta no poder hacerlo o ser llevado por la corriente hasta ser uno con ella, todas fueron una opción. “No sentir opresión”, esa era la idea pero el miedo y la  misma sensación de opresión, ellas siempre ganaron, excepto dos veces. Me incliné por la farmacopeia mal estudiada e imitar a las rocas bola de los ríos. Aún sigo aquí.

Esas dos pruebas de fuego quitaron varias capas de un solo jalón. La primera, me hizo entender los estados de mis 5 sentidos y saber hasta dónde pueden llegar sin ser lastimados. Emanar el bióxido de carbono y olvidar respirar alenta la supervivencia, despierte al instinto y hace que, entre 2, 3 pestañeos pesados, despiertes a otra realidad. La realidad ignorada, tantas veces negada.

La segunda, la amé tanto como la odié. La dualidad en el agua te golpea sin avisar con su presencia, está en tu cabeza e invade hasta los pies, siempre queriendo pasar por los pulmones. Hay tanta tranquilidad en ella, su filtro azulado, el silencio de su sonido y una hermosa soledad pero después de un momento, el oxígeno y la tierra te llaman desesperadamente. Quieres gritar, empiezas a manotear y descubres otra verdad; el silencio no es más que la presión despuesta a ahogarte. De nuevo, el instinto y la madre llaman.

Los años me fueron llevando por inventar ideas, nuevos pensares, otras realidades hasta llegar aquí, a donde estoy. He pasado la barrera de los 27 y no soy de su lúgubre club. Y no es que nunca lo piense ni lo anhele, sólo por hoy no me va. A veces, en momentos de hastío y soledad lo recuerdo, me quedo contemplándolo todo, perdido en medio del ruido de la ciudad; cierro los ojos y recuerdo siempre respirar y mantener la calma, que la presión me arrulla con su silbido silencioso, un silbido infinito, siempre presente, esté yo vivo o muerto.

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