Tranny

¿Qué es lo que le ven a esa tranny? ¿Qué es lo que tiene él, ella o lo que sea, que no tengo yo? Todo lo mío es original, todo esto; mi ancha cadera, mis redondos senos, estos labios mordelones y todo mi sexo. Mi sexo que sí es real y se humedece con una suave caricia y una dulce palabra, no como la de la quimera esa, tan seca como velluda de las piernas.

Entonces, ¿Por qué todos bailan a su alrededor? ¿Qué les maravilla? ¿Será acaso su fantasía? Si lo es, es muy desagradable. Ver su contoneo falso a la par del maquillaje cargado me asquea y al menos, a mí, no me distrae de la enorme manzana de Adán en su cuello.

Ya empieza la misma rutina de siempre, la misma desde que llegó aquí; mueve su mano izquierda en círculos, como imitando flamenco, una ceja levantada con la cara a media altura, como retando a todos. A la vez levanta ligeramente su falda con la mano derecha, dejando ver sus delgadas y musculosas piernas.

Tal vez sean esas mismas piernas kilométricas, su trasero libre de grasa o el cameltoe sugerente. Ellos saben que es un bulto igualito o tal vez más grande que el de varios de aquí. Si me ha de constar a mí. Todos los días en el vestidor, el chico lucha contra él sin piedad para desaparecerlo de su cuerpo, así como yo lucho por desaparecer las chaparreras y reniego a la gravedad de estos pechos.

De pronto, desde mi esquina inquisidora, un chico pequeño se para a bailar con eso. Es un niño. Un niño con barba y ojos enormes que la observan con deseo. La quimera responde nerviosa, imitando a una señorita de los 60’s, todo en su afán de parecer una mujer. De pronto, él se le pega y menea su cadera huesuda contra los huesos de ella. Es repugnante. Tan repugnante que no puedo dejar de verlos, al igual que todos los asistentes en el baile.

Una artista de verdad solo le sonreiría y se lo quitaría pero ésta no sabe como proceder. Pobrecita. Al contrario, solo lo incita más dejando que él sea quien mueva su vestido y la toque en la cara. Ya lo imagino dejando rosas en nuestro camerino. Aún más pobre él. No sabe en la que se mete, o tal vez sí y es otro depravado más que asiste a este lugar, y lo digo por muchas razones. Los años de experiencia en el negocio me lo dicen día a día. Los jóvenes ya no son los de mi juventud. Ahora prefieren lo artificial, lo no natural y tengo que vender algo, qué más le hago.

Termina la pieza y todos le aplauden a ambos. Ella se despide con un beso al público y él le arrebata uno. Al segundo se desprende con facilidad del chico y se va atónita del lugar. Los chicos solo aplauden más y veo varios más seguir en lo suyo; besando a su compañero, escribiendo en su celular o tomando licores e inhalando vapores. Me levanto de mi sitio y me resigno a ir al consuelo de la pobre. Ya sé desde hace tiempo que este lugar no es para mujeres reales. Mujeres de las de antes.

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(basado en The Knife – Pass this on)

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