Rudolph

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Venado nacido menos, pequeño, insignificante, una burla de 2 cuernos chuecos, Rudolph, siendo un cervatillo, cayó presa del encanto embriagador de ese vikingo enorme y fornido llamado Papá Noel.

Su trato amable, su andar picarón, su sonrisa bonachona, lo grande de sus brazos y lo fuerte de su risa hipnotizante; con un solo “Jo, Jo, Jo” de aquel hombre, el pobre venadito se volvió loco y perdió sus cabales. Desde ese momento, solo tenía una idea en mente, él debía estar bajo su mando, en ese trineo, escuchando su nombre, siendo latigado, siendo feliz haciéndolo feliz.

Despertaba, comía, orinaba, defecaba, volvía a comer, corría, jugueteaba y dormía pensando en él y su deseo. Investigó, buscó y preguntó todo sobre cómo ser un reno del hombre de rojo pero cada uno de los interrogados se burlaba del pobre cervatillo. Como un venado flaco, con cuernillos chuscos y todavía muy joven como para encontrarle el rabo iba a compararse con la valentía de Donner y Blitzen, la gracia de Comet, el encanto de Vixen, la hermosura de Prancer, la alegría de Cupid y sobre todo, la fuerza de Dancer y el eterno favorito, Dasher, que todos consideraban como hijo de Papá Noel, aún él mismo, mimándolo y paséandose por todos lados con él. Era su consentido.

Rudolph lo envidiaba. No, lo odiaba. Cada vez que lo veía pavonearse sobre su trato especial o cuando estaba al lado de Papá Noel, el pobre hervía de rabia y celos. Crispaba el vello, mugía fuertemente y hacía derretir el hielo en sus patas. Ver a ese semental siendo acariciado por el viejo lo ponía rojo de coraje. Tan rojo que su nariz se volvía roja.

Le hervía tanto la sangre por dentro que todos y cada uno de sus capilares nasales eran reventados hasta casi dejar su sangre expuesta, imposible por la dureza de su nariz. Esto lo llenaba de pena y horror, ¿cómo el mayor ayudante del viejo iba a sangrar tan fácil? ¿Cómo lo iba a elegir si su enojo y envidia lo corroían? Se supone que él debía ser bueno para ser EL elegido entre tanto cervatillo.

Ese 1 de diciembre, cuando los vió entrenar la partida en el trineo, galopando por los aires con un aire elegante, casi de divos, no lo soportó más, – esta es la última vez, yo iré esta Noche Buena con él – se dijo para sus adentros. Lo dijo tan quedo que tan solo un hada podría escucharlo. Y así sucedió.

Un hada del bosque, famosa por sus polvos, le habló al oído, – te escuché y puedo ayudar. Ven conmigo y en menos de media luna, serás tan grande como ellos, sólo prueba de mis polvos, son mágicos, ya lo verás. Él te amará – . Si había una duda al escuchar a la misteriosa hada, cuando ella citó la última frase, Rudolph alejó cualquier titubeo y la siguió hacia el bosque, dejando a todos volando en el aire.

Probó de sus polvos por 21 días y 21 noches. Primero los de principiante (o “tiernos”, como les decía el hada), mezclados con su alfalfa y heno. Después los intermedios, que lo marearon un poco, pero ya veía efectos. Sus muslos eran más grandes, sus patas más firmes y sus cuernos se enderezaban y crecían rápidamente. Por último, fueron los avanzados, los cuales, sin darse cuenta, marcaron cada uno de sus músculos hasta darle una definición como ninguno de los otros renos del viejo. Su viejo.

Todo estaba listo, pero antes de dejar al hada para llegar con Papá Noel, ésta le pidió algo a cambio – sólo te quitaré ésto. Ve en paz. Ni lo sabrás. – le tocó la frente con un beso y desapareció ante sus ojos. Él hizo lo propio hasta llegar a la aldea. Ya era el día 24 y pronto partirían.

Corrió hasta la aldea y todo estaba listo. Tenía que apresurarse hacia él y mostrarse todo nuevo, que se maravillara por su reluciente ser y dejara a ese estúpido de Dasher. Todos lo veían pero no lo reconocían, aunque le notaban algo característico que a todos hacía reír. A Rudolph no le importaba, a cada risa él sólo pensaba en la risa de Papá Noel y la decepción de Dasher. Ahora él sería el nuevo consentido. Él sería todo para su viejo.

Llegó ante él y todos sus renos en pleno inicio de nevada. Papá los acicalaba y calmaba, y lo hacía aún más con Dasher. Ese pomposo venado que no dejaba de restregar su ornamenta en la panza roja del viejo, tan roja como lo estaba ya la nariz de Rudolph. Tan roja que todos ellos, aún Dasher y Papá, en su rito amoroso, lo notaron. Papá dejó casi colgando la cabeza del semental y fue hacia Rudolph, que no cabía de emoción. Su deseo se había cumplido.

El viejo lo inspeccionó, de cabo a rabo, mientras los demás cuchicheaban y reían. A él ya no lo importaba, su amo lo tocaba, lo inspeccionaba y daba de palmadas por todos lados. Su nariz estaba más que roja. Era luminosa.

– No importa que tu rabo sea tan pequeño, tu nariz lo compensa. Tu nariz y esos muslos grandes, tu cabeza fuerte y el barbón creciente en tu pecho – Dijo su viejo. Todo era perfecto hasta que entendió todo el comentario. Su rabo. ¿Qué tenía su rabo? Trató de mirarlo pero nunca lo pudo ver, solo lo pudo mover pero no como antes. Agachó la cabeza a como su cornamenta lo dejó. Entendió las risas de todos. Su rabo era insignificante y también sus partes. Apenas las veía y moría de vergüenza.

– ¿Qué te pasa, Rudolph? –  Le dijo el viejo mientras le ponía su ornamenta. El antes cervatillo sólo quería llorar, ya no sabía si de alegría o de terror. ¿Habría sido el hada? ¿Por qué se llevaría parte de su hombría? Ahora era un fenómeno, con la nariz enorme, siempre roja y con genitales y cola casi inexistente. Todos reían detrás de él. Una lágrima escurrió por su ojo y Papá lo notó.

– En este negocio, así es mejor. Así los prefiero yo – le dijo al oído e inmediato lo restregó contra su panza roja. Un bramido y una patada al suelo se escuchó al momento. Era Dasher, Rudolph lo sabía. Ahora lloraba más y lo haría por todo el viaje. Todo era nuevo para él e igualmente deseado; el primer tirón, el primer latigazo, la envidia de sus compañeros, la atención de todos y sobre todo, el amor de él. Su Papá, su viejo.

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