San Sebastián

El suicidio me ha llamado tantas veces a la puerta como el amor. A ambos, nunca les he abierto la puerta, sólo guiñado el ojo y enseñado pierna. Nunca me he dejado querer por ellos pero ellos sí han estado en mi razón.  Son visitantes recurrentes, sobre todo en las noches solitarias, como hoy.

Cuando cierro los ojos, uno o el otro aparecen, en ocasiones los dos. Al momento de la oscuridad, el primero me seduce lentamente, queriendo flechar mi corazón, hasta hacerme parecer San Sebastián en pleno éxtasis de pasión. Luego, llega el salvador, quien quita tranquilamente cada una de las flechas con cálidas caricias hasta llegar de nuevo a la pasión. A veces despierto ahí y me descubro solo, dejando a ambos en el sueño. A veces no.

Cuando ocurre esto, mi mente se trastoca e imagino cosas para traerlos a mí en plena luz del día. Tomo pastillas, bebo alcohol. Miro profundamente al gatillo y cuando es posible, aguanto la respiración. Me imagino sumergido en el mar, cayendo desde un avión, saltando de un edificio o esperando al nembutal pero nunca llegan en vivo. Siempre estoy solo hasta la noche, cuando cierro los ojos y me visitan uno a uno, en ocasiones los dos, hasta llegar a la pasión.

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