Miseria

Bien sabes que no hay que enamorarse de locos, y mucho menos dejar que ellos se enamoren de tí. Luego, luego te oyen en el viento, te imaginan en la alcoba y corren al ver cualquier sombra. Bien lo sé yo. Hasta tu olor he percibido y extraño el recuerdo de tenerte.

Mi mente no te deja y repite tu nombre, canta tu nombre y vomita y devora tu nombre, una y otra vez. Te extraño, no sé por qué y eso hace más pesada la miseria. La incertidumbre. La duda. La puta miseria de extrañarte.

Puto. Te extraño y no sé hasta cuando ¿Cuándo? La espera me devora, cachito a cachito y deja al frío invadir mi cuerpo. Ya lo siento. Cala peor que el taladro en mi cerebro. Te espero.

O no, mejor no. Me alejo. La maldita ansia de desearte me carcome la vida. Esa malparida. Mejor duermo; hoy, mañana y todas las noches que me debes, aunque no sepas de eso.

Todo es oscuro aquí. Te espero ciego, necesitado de un lazarillo tierno. Regresa. Te espero, te extraño, ¡no me dejes! Mi furia te necesita, el alma te anhela. Solo me basta decir “¡ya no tardes!” de la manera más histérica.

No, ya no tardes, cariño.

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