Casados. 2da Parte.

– ¿Siempre hay condones en tu mesa? – dice curioso y un tanto penoso.

– Sólo cuando vienes – le contesto sin querer mirarlo.

 

Empieza. Hoy tiene ganas de ser el dominante y yo sólo quiero sentir algo. Me besa, me estruja, ruge entre gemidos. Cierro los ojos y entre veo al techo. Noto manchas, el claroscuro de la esquina, lo frío de mi cuarto. Todo mientras siento algo quedo entre mi cuerpo. Es él.

– Hoy estás hermoso. Te quiero coger – dice ya rojo de excitación. Lo beso y pongo su cara en mi cuello. Hoy no quiero pero hay un destello. Un destello débil, como la luz que se cuela por la persiana. Así es lo que siento por él. Este hombre casado que viene a sentir más, extasiarse más y venirse más.  Sus ojos me lo dicen al verme. Su barba me restriega esa verdad. Sus músculos exprimen mi deseo y poco a poco voy ganando calor. Cedo.

Batalla al entrar; nunca lo encuentra. Lo guío con la mano y entra. Lo mete todo y duele. Lo detengo un poco pero está cabreado. Se quede ahí y empieza a moverse. Resisto como puedo y aflojo un poco. Ya está dentro y no quiero problemas. Me levanta las piernas, me abre más, me gira levemente y cambia hasta dejarme acostado, empalmado, boca abajo, con mira al piso.

Me doma, cabalga vil vaquero sobre su yegua, abusa de su fuerza, entra hasta chocar con mis nalgas. Pareciera que quiere que entren sus huevos también. Imposible, my dear. Trato de zafarme pero me contiene los brazos con una mano y el cuello con la otra. Está poseído. Grito. Grito de placer fingido para que termine. Grito por mí porque no sé que tiene. Grito porque fue una mala idea aceptarlo, hoy no quería. ¿Por qué siempre cedo a su venida?

Grita. Se ha venido dentro de mí. Ha parado de moverse pero su sudor no; me escurre toda la espalda de su humor. Se retira y toma la toalla de mi silla, viene a sentarse a mi lado. – Ya me tengo que ir. Hoy iba a ser rápido – dice y me planta un beso. Empieza a vestirse mientra ahora yo me seco. Me pongo el shorts y una sudadera. Lo despido en la puerta.

 

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– En serio, ¿siempre hay condones en tu mesa? – Pregunta insistente.

– Adiós, Enrique – le digo y cierro la puerta.

 

Escucho que dice algo fuera pero no entiendo, ni quiero. Enciendo la tv y lo veo irse por la ventana. “Me duele el trasero” es todo lo que pienso.

 

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