Jardinera

– ¿Qué es lo que construirán aquí? – preguntó el niño al joven.

– Un cuarto más. Creo – dijo el joven obrero al hijo de su jefe.

– ¿Y por qué destruyen mis plantas? ¿No puede haber ambos?  – preguntó el chico con una voz de hombre sin perder el tono de niño.

– Supongo que se podría pero ya las aplastaron – señala con el cigarro en mano, dejándolo caer justo al lado del chico. Él se adelanta y lo apaga.

– Al menos no hagamos un incendio – le dice al obrero mirándolo fijamente. El obrero también lo ve pero no soporta la mirada. Se pregunta por qué, ¿será por lo que ha sucedido hace un momento?

– Por favor, no le digas a mi padre. Yo no se lo diré – le dice el chico de apenas 13 años; delgado como un palo y tan magro como el vello rojizo que crece en el pecho del obrero.

– ¿Qué cosa? Aquí no ha pasado nada. Yo no soy así, debes de saber… – le dice serio el obrero, ciñiéndose el pantalón. Por dentro piensa en lo bueno que fue y su bulto reacciona. No han pasado ni 5 minutos que el chico actúo.

– Claro que sucedió, lo sabes pero no diré nada, ni tú. Sólo quiero mis plantas de nuevo, quiero una jardinera fuera del cuarto nuevo, hazla por favor. Si no, olvídate de ésto. Sé que quieres de nuevo – le dice el chico interrumpiendo y saliendo de los arbustos secos. El obrero calla y observa como el chico se aleja despreocupado, caminando como si nada hubiera pasado, alejándose hasta llegar a la entrada posterior de la casa. Lo ve hasta que se pierde en los cuartos de dentro y desaparece a su vista. Se abotona la camisa recordando como el chico hacía lo contrario hace un momento. Como, sin oponer resistencia, él había cedido a los deseos de un niño de 13 años, lánguido, pequeño, todavía con rasgos infantiles pero con una fuerza de 100 hombres al desabrochar botones y cinturones, al lamer y besar pezones, al mamar y tragar sus partes. Nunca se lo habían hecho así, en sus 25 años, 3 novias y muchos amores de paso; nunca había sentido ese calor y deseo tan grande en una persona. Y todo por recuperar sus plantas y su nueva jardinera.

 

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– Ves lo que hizo Javier – dice el padre señalando una jardinera y malla para una enredadera – así dejarás de decir que matamos tus plantas -.

– Sí, ya veo. Muchas gracias – dice serio el joven, sin ningún rasgo de expresión.

– Tú y tus cosas. Espero que con eso esté bien – comenta el padre y se va dejando a solas a los dos.

– Gracias. Sé que la malla no lo mencioné pero… gracias Javier – y por primera vez, fuera de la ocasión que estuvo entre sus pantalones, vio un dejo de expresión en el chico; un intento de sonrisa infantil. Realmente estaba feliz.

– No hay de qué – le dice Javier – gracias a usted -.

– ¿Eh? – alcanza a decir el joven pero Javier no tiene tiempo de explicar ni de pensar en algo. Él tiene quiénes lo esperan, una esposa, una niña y un recuerdo vago de aquel día; aquél día en donde el hijo de su jefe lo hizo sentirse feliz, así como él ahora lo veía. Todo estaba bien.

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