Lamiendo

¿Alguien recuerda mi nombre?

Yo recuerdo todos pero dudo que alguien sepa el mío.

Recuerdo risas, gestos, caricias y mal alientos.

Recuerdo sabores, vellos incómodos y detalles más.

El nombre siempre aunque es algo que no compete.

Pero ¿alguien sabrá mi nombre? Apodos y cariños

sobran pero no sé quién soy entre tanto halago.

Se me perdió la razón entre las carnes y el ego creció

entre tanto sudor. Por eso siempre memorizo todo,

es lo que me mantiene firme, aunque duela, aunque estruje.

Es mi  pobre manera de amor  propio.

“¿Alguien recuerda mi nombre?”

Me digo desde adentro y sigo sonriendo y lamiendo.

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Desconocido

Sólo soy otro chico triste que amanece pidiendo amor.

Amor a las paredes, a la cama, y a ti, desconocido.

¿Qué acaso no todo está lleno de amor? Todo menos yo.

Trato de robarlo al humo de un cigarro, al respiro

de un aliento. Le pido al sol entre al cuerpo

y que la luna me dé de él en mis sueños.

¿Qué acaso no todo está lleno de amor? Todo menos yo.

Tal vez sea eso. Lo he perdido entre tanto amante

que la ración se ha agotado. Ya no hay más dentro

y cada uno de ellos lo ha robado de mi cuerpo.

¿Qué acaso no todo es amor? Aún el vacío

debería de tenerlo. Tal vez deba de buscarlo

callado en el fondo. El amor perdido y vaciado

habrá de recuperarse. Es cuestión de tiempo.

Mientras dormiré, soñaré con él y despierto

lo pensaré. Mientras haré lo mismo que todos

ellos. Lo tomaré de su cuerpo, lo beberé

de lo oscuro, será insertado en mi cuerpo.

Aún la espera desesperada debe de tener amor.

¿Acaso no, desconocido? Todo está lleno de amor.

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Casados. 1era parte.

– Mi esposa nunca me los ha lamido así – lo dice con una cara de satisfacción y pena que no puede con ella. Está erecto desde que llegó, lo noté en el pantalón; con un sólo roce lo puse a mil y desde el primer beso tembloroso supe qué pasaría.

– Nunca lo he hecho completo, me da miedo –

– Entiende mi situación, todo es complicado –

– No te enamores de mí, por favor –

Todo eso lo dice entre suspiros, gemidos, muchos “qué rico” ahogados y uno que otro “dame más”, “así, así” y “no pares”. Yo lo hago con placer y por placer; no porque me lo dicte. Alguna vez pensé que el hombre casado sabía más bueno pero no es cierto. Ni lo prohibido, ni el tabú lo enriquece, realmente es la necesidad de ambos de sentirnos queridos, aunque sea en un momento, a escondidas y sin ser uno del otro. Es esa necesidad de una caricia fraterna, de un beso del otro, de olvidar sus reclamos, sus quejas y al niño (en su caso). De olvidar la soledad, el cansancio y la tristeza (en el mío).

¿Será que ambos nacimos para no amar? Tal vez. Él por no escoger a quien realmente quiere. Yo por no poder escoger al correcto. Entre casados nunca terminaré bien, sólo acabaré vistiendo santos y desvistiendo padres. No lo sé. Es mejor no preocuparse por ello, es más, ni siquiera pensarlo. Tal vez nací para hacer feliz a la gente, feliz por 30, 40, 60 minutos. Feliz por mi boca, feliz por mi cintura, feliz por mis pies y feliz en la venida.

– ¿Me quieres coger? – pregunta mientras mi cara está entre sus nalgas. Nunca me lo había dicho y mi cadera responde con un sí. Un sí, sí, sí que se repite en cada vaivén. Él gime como loco, yo me vuelvo poderoso. Quizá no sea lo correcto, quizá no seamos el uno para el otro pero su cara de libertad y mi gesto de satisfacción lo dice todo. Es lo que debe pasar.

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Otro Día

Hay días en los que la vida te coje, otros tantos en los que tú te la cojes y unos cuántos en dónde lo tuyo, lo tuyo, lo tuyo, es ser versatil. Ya saben, mejor pájaro en mano que culito volando.

Ayer fue uno de esos últimos días. Desperté sin un sentido en la vida más el de cojer. Cojer como endemoniado, como poseso, como un cerdo, con todo y orgasmo de 30 minutos. En otro momento hubiera calmado mis ansias con un buen porno, un polvo de mano o hacer gala de artilugios sexosos pero no, mejor me fui a prender la pc y ver carne en todo su esplendor.

Uno por aquí, otros por allá y el vecino insistente en la ventana del chat, “¿Cuándo nos vemos?“, “Quiero ser tuyo“, “¡Hazme como quieras!“, decía entre líneas su plática aburrida pero yo hoy quería otra nalguita a la cual amar. La verdad es que él fue un error usado y manejable que después de la cuarta cojida ya se le terminó el encanto. Lo dejo en espera con un comentario clásico de cazador “Voy a salir pero te aviso de rato, ¿va?“. Sabemos ambos, muy probablemente, no pasará.
Me baño, me relajo, trato de distraerme pero los que quiero no caen y los que me quieren ni en las rocas les caigo. Así es esto de ligar por internet y caigo en cuenta de la hora, casi las 5 de la tarde y a las 7 tengo compromiso, de esos serios, con mucha ropa y pura clase, nada de lo que quiero. “¿Estás en casa? Quiero cojerte“, le digo sin preámbulo al pobre vecino, él asienta con un “Aha” alargado y aguado que hace todo menos prender la máquina.

¡Bendita la boca de este hombre! Siempre al hacer esa garganta profunda con la lengua de fuera sé por qué sigo frecuentándolo, aún su flacidez, su cuerpo todo depilado y la voz amanerada, la cual me recuerde a una vieja amiga con problemas hormonales. Mejor no pienso en nada de eso porque ésto no funciona así, mejor imaginar y actuar. Sin mucho tacto ni decoro, lo pongo de espaldas y se lo dejo ir. Él grita, gime, aúlla y maúlla pero yo solo siento cosquillas. Los hombres también podemos fingir orgasmos, es solo cuestión de saber el punto.

Lo dejo casi inconciente, me levanto de la cama, sonrío de manera diplomática y me largo al baño. Lavo y enjuago lo debido, me visto y digo adiós de la mejor manera posible y el se despide con su peor cara y sin un disimulo de haber sido partido en 2 hace unos momentos. ¡Dios! Me subo al auto y mejor pienso en mi reunión.

Casi 8pm, ya todos están aquí. Los mismos de siempre, tal vez 1, 2 desconocidos pero nadie en el radar. Me siento y empieza el cotorreo con sorbos de cervezas. La primera es relajante, la segunda es divertida y las demás, solo llegan en desfile, así como pasan las personas y sus palabras. Solo termino pensando en lo mismo de hace rato. Cojer.

Hola. Ven a mi casa. Vivo aquí *añada un mapa de Google*”. Contesto como puedo, el Swype ayuda y tomo mis cosas. Aquí nadie me detiene y menos por embestidas. ¡Ahí te voy, complejo de Edipo retorcido!

Llego casi íntegro, entro a su casa, el silencio impera; padres, hermanos o familia dormida arriba, sexo abajo, justo en la cocina. Le quito la poca ropa puesta y en un chasquido, él me ha quitado la mía. Creo que sí estoy ebrio, será mejor dejarme llevar y ser el menos activo.

Lucía mejor en foto, se siente mejor de lejitos, ¿esto es un bultito o es su..? ¡Dios! ¿Qué estoy haciendo? Espero impaciente el final y acelero las cosas, si antes ya fingí un orgasmo, el segundo debe salirme mejor. “Sí, vamos, sigue, me corro, me vengo *añada grititos ahogados*” y en menos de lo que me convenció en ir con él, se ha venido afuera con un beso de lengua. Necesito irme rápido de aquí.

Salgo como vil gato, sin despedirnos por falta de nombres y etiquetas. Subo a mi coche, “será mejor dormir“, es lo único que me da pensar. Diez minutos más e igual, sigo sin saber cómo estoy en pie y cómo me transporté. Lavo mis dientes, borro rastros de otros aromas. Llego a mi cama y me desnudo por fin, en completa paz. “Mañana será otro día” pienso balbuceante. Sí, hoy es otro día, con culpa, con dolor, con otros aromas y un sabor extraño en la garganta. Hoy es otro día que, como mencioné al principio, la vida y tú ya se conocen tanto el punto G que se dan hueva. Hoy es otro día.