Haiku # 12

Lo miras frente

al espejo y lo ves;

es amor pleno.

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Catálogos

Mi tarea es leer, redactar, analizar, tratar de comprender; volver a leer y pensar. En eso se me va la vida. Una letra tras otra para catalogarla en un archivo, en una carpeta o en un ordenador. La información si no es acomodada se pierde; hay tanta allá fuera que al recordarla, puedes perderte totalmente. A mí me pasa. Igual en el trabajo, igual al respirar.

Camino despacio por una vereda, cuento los adoquines, observo a la gente, miro los árboles, calculo la intensidad de la luz solar, mido las distancias con respecto a mi tiempo y descanso en interludios varios. Mastico más de 20 veces, parpadeo cada 5, 10 segundos. Insisto, ese es mi andar por este mundo. Es mi forma de ser.

Ahora, con una respuesta así <<sigamos igual pero sin etiquetar>>, ¿qué esperas de mí? ¿Cómo debería de reaccionar? En mi catálogo de ideas y respuestas no hay una que entre dentro de esa respuesta. No hay algo claro, algo conciso y con lo que pueda trabajar esta mente calculadora. <<Analiza antes de hablar, analiza antes de sentir>> me digo por dentro. Contesto con un suspiro.

Los días pasan y no dejo de pensar. Actividades pasan y en ratos de ocio igual.

¿Cómo será ésto?

¿Acaso ya no siente lo mismo?

¿Habrá sentido algo una vez?

¿Habrá otro más?

Quizá fui muy intenso

Quizá se aburrió de mí

Tal vez se dio cuenta de que no

Pero si así fuera, me diría…

O tal vez no

Cabe una posibilidad

Pero si me dijo que no hay alguien más

¿Qué será?

No creo ser yo… será qué…

No, no sé.

Realmente no lo sé.

 

 

Dos semanas más y sigue igual. Hay un sentimiento, hay una esperanza pero hay una incertidumbre. Esa que duele y taladra palabras sin cesar. La misma que interrumpe pensamientos, ideas y costumbres. La incertidumbre que rompe con esquemas y patrones. Esa maldita incertidumbre.

Respiro largo 3, 4 veces. Cierro los ojos unos segundos y trato de relajarme. Sigo con lo mío. Tal vez entre números, cifras y datos me encuentre bien. Vuelvo a catalogar.

 

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Desaparecer

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No sé porqué me hablas de sufrimiento si sólo conozco el placer.

El placer de verme, el placer de sentir.

El placer de moverme libremente entre un montón de compases.

Juego, brinco, salto y bailo; todo en un rítmico “1, 2, 3…” que a veces termina en “8” pero puede seguir y nunca terminar.

Lo mío es moverme, no me importa hablar, no quiero conversar; menos pensar, sólo quiero desaparecer en una melodía.

Desaparecer a todos y ser yo solo.

A mí no me duele nada, es sólo cuestión de saber sentir, y yo soy pura sensación, ¿no lo ves al andar?

Juego, brinco, salto y bailo; perdido en un bosque imaginario.

Yo soy Alicia, yo soy el sombrerero. También puedo ser la liebre, todo según el día y el momento.

Nací para no ser tomado en serio porque mi idea es desaparecer y desaparecer a todos.

Yo sólo quiero bailar. Bailar nada más.

 

Casados. 4º Parte

– ¿Quieres que vaya? Tengo ganas de jugar –

– Sí pero no, je je. –

– ¿Cómo? –

– Sí quiero pero no de nuestra acción. Tengo ganas de estar desnudos, tocándonos, acostados, sin nada más. Sabes que eso no es lo nuestro –

– Sí. Entiendo. Eso también está padre pero no es lo nuestro –

– No. Por eso te digo que mejor hoy no –

– Sí, mejor cuando traigas ganas de coger. Eso es lo nuestro. Cuando te gane la calentura, ya sabes –

– Sí, ahí estaría mejor. Hoy no –

– No te preocupes. Cuídate –

– Tú también. Saludos –

 

Cierro el chat con Enrique. Realmente hoy no estoy para sus juegos sexuales. “Hoy enséñame algo más” “quiero tener dos”, “házmelo como en la porno”, “¡voy a someterte!” y cosas así. ¿Por qué no podré conseguir uno formal? Lo he intentado desde la última vez; ya hace 2 años. Dos, tres veces quizá, pero ninguno convence. “No estoy para algo formal”, “no me siento preparado”, “si me gustaría pero no tengo tiempo”, “no eres tú, soy yo”, con un largo etcétera traducido a inmadurez.

Inmadurez mía y suya, debo de decir, porque algo hago mal. Siempre son el mismo perfil aunque no se parezcan entre sí. Si algo tengo es que gusto de hombres varios y no discrimino; altos, bajos, blancos, morenos, casi negros, velludos o lampiños, con pancita o sin ella, famélicos también. Ese no es el problema, el problema es la mente que se cargan y mi elección.

En este caso es lo mismo; ¿por qué un casado es lo más parecido a una relación? Mientras ambos nos usamos de costal de venidas, a ella la abraza, a ella la quiere, a ella es quien rinde cuentas y quereres y yo, yo soy el que le enseña como dilatar un culo, a besar traseros, lamer cuellos con barba o a penetrar más a fondo. Yo soy ese, el amante entretenido, el amante del momento; el que presume en sus trofeos principales pero nunca dirá a nadie. Su mejor secreto. Y nada más.

El celular vuelve a sonar y lo tomo. No hay nada, fue mi imaginación. Hoy es domingo de verano y todos están fuera mientras yo estoy aquí en casa, solo, con unas inmensas ganas de abrazar.

 

– Mejor sí ven; ya me ganó. Te espero –

 

 

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Jardinera

– ¿Qué es lo que construirán aquí? – preguntó el niño al joven.

– Un cuarto más. Creo – dijo el joven obrero al hijo de su jefe.

– ¿Y por qué destruyen mis plantas? ¿No puede haber ambos?  – preguntó el chico con una voz de hombre sin perder el tono de niño.

– Supongo que se podría pero ya las aplastaron – señala con el cigarro en mano, dejándolo caer justo al lado del chico. Él se adelanta y lo apaga.

– Al menos no hagamos un incendio – le dice al obrero mirándolo fijamente. El obrero también lo ve pero no soporta la mirada. Se pregunta por qué, ¿será por lo que ha sucedido hace un momento?

– Por favor, no le digas a mi padre. Yo no se lo diré – le dice el chico de apenas 13 años; delgado como un palo y tan magro como el vello rojizo que crece en el pecho del obrero.

– ¿Qué cosa? Aquí no ha pasado nada. Yo no soy así, debes de saber… – le dice serio el obrero, ciñiéndose el pantalón. Por dentro piensa en lo bueno que fue y su bulto reacciona. No han pasado ni 5 minutos que el chico actúo.

– Claro que sucedió, lo sabes pero no diré nada, ni tú. Sólo quiero mis plantas de nuevo, quiero una jardinera fuera del cuarto nuevo, hazla por favor. Si no, olvídate de ésto. Sé que quieres de nuevo – le dice el chico interrumpiendo y saliendo de los arbustos secos. El obrero calla y observa como el chico se aleja despreocupado, caminando como si nada hubiera pasado, alejándose hasta llegar a la entrada posterior de la casa. Lo ve hasta que se pierde en los cuartos de dentro y desaparece a su vista. Se abotona la camisa recordando como el chico hacía lo contrario hace un momento. Como, sin oponer resistencia, él había cedido a los deseos de un niño de 13 años, lánguido, pequeño, todavía con rasgos infantiles pero con una fuerza de 100 hombres al desabrochar botones y cinturones, al lamer y besar pezones, al mamar y tragar sus partes. Nunca se lo habían hecho así, en sus 25 años, 3 novias y muchos amores de paso; nunca había sentido ese calor y deseo tan grande en una persona. Y todo por recuperar sus plantas y su nueva jardinera.

 

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– Ves lo que hizo Javier – dice el padre señalando una jardinera y malla para una enredadera – así dejarás de decir que matamos tus plantas -.

– Sí, ya veo. Muchas gracias – dice serio el joven, sin ningún rasgo de expresión.

– Tú y tus cosas. Espero que con eso esté bien – comenta el padre y se va dejando a solas a los dos.

– Gracias. Sé que la malla no lo mencioné pero… gracias Javier – y por primera vez, fuera de la ocasión que estuvo entre sus pantalones, vio un dejo de expresión en el chico; un intento de sonrisa infantil. Realmente estaba feliz.

– No hay de qué – le dice Javier – gracias a usted -.

– ¿Eh? – alcanza a decir el joven pero Javier no tiene tiempo de explicar ni de pensar en algo. Él tiene quiénes lo esperan, una esposa, una niña y un recuerdo vago de aquel día; aquél día en donde el hijo de su jefe lo hizo sentirse feliz, así como él ahora lo veía. Todo estaba bien.

Casados. 3º Parte

Te odio.  Te odio con todo mi ser. Mis vísceras,  mi vientre, mis ojos y mi boca. Todo lo que tengo espero te odie también. Mis hijos, mi casa y es todo.  No tengo más. No tengo más, ¡nada! Son ellos y yo. Tú ya no existes para mí.  Todo por él, por  Memo.  El niño ese. 20 años,  alto, delgado. Turgente y altivo.  Yo te he dado sus mismos años en mi matrimonio ¡Y pensar eso! Nosotros nos casábamos mientras él nacía.  Asco. Podría ser amigo de mis hijas ¡¿Qué te has creído?! Sí, te dije” no hay problema” , “seamos amigos” , “aquí no pasa nada”  pero pasó todo. Hay problema; no tengo marido porque es todo un engaño.  No tengo marido porque le ha dado por cogerse jovencitos.  No tengo marido porque él ya no me desea, si no quiere otro pito.  No tengo marido. No tengo.

Pero… si hace unos días me tocaba, me hacía el amor, me deseaba con furor, ¿por qué ya no? ¿Qué cambió? ¿Es qué siempre fue así?  Le busco y rebusco y no encuentro la razón.  No he sido la mejor (tampoco él)  pero ¿por qué cambió?  ¡¿Por qué me cambió?!
Me siento desnuda,  estúpida, coja,  pendeja y aún más estúpida.  Dice que siempre ha sido así.  Siempre.  Nunca lo vi. Nunca pasó ¿Es que ha tenido más?  Lo imagino acariciándolos,  tocándolos,  uno con otro, piel con piel, desnudos,  expuesto de piernas, con un pene en la boca, gimiendo,  lamiendo y viniéndose entre vellos y brazos fuertes. Todo eso que yo no le doy.
Muero lentamente de coraje, de angustia, de estrés,  de odio y de dolor. Maldito orgullo que deshace todo. No lo quiero volver a ver porque sólo puedo imaginar eso. Sus labios siendo besados por otro hombre. Sus labios que decían ‘te quiero’. Sus labios…  ahora sucios de mecos. Lo odio de nuevo. Todo él, sobre todo a su estúpido deseo.

 

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Casados. 2da Parte.

– ¿Siempre hay condones en tu mesa? – dice curioso y un tanto penoso.

– Sólo cuando vienes – le contesto sin querer mirarlo.

 

Empieza. Hoy tiene ganas de ser el dominante y yo sólo quiero sentir algo. Me besa, me estruja, ruge entre gemidos. Cierro los ojos y entre veo al techo. Noto manchas, el claroscuro de la esquina, lo frío de mi cuarto. Todo mientras siento algo quedo entre mi cuerpo. Es él.

– Hoy estás hermoso. Te quiero coger – dice ya rojo de excitación. Lo beso y pongo su cara en mi cuello. Hoy no quiero pero hay un destello. Un destello débil, como la luz que se cuela por la persiana. Así es lo que siento por él. Este hombre casado que viene a sentir más, extasiarse más y venirse más.  Sus ojos me lo dicen al verme. Su barba me restriega esa verdad. Sus músculos exprimen mi deseo y poco a poco voy ganando calor. Cedo.

Batalla al entrar; nunca lo encuentra. Lo guío con la mano y entra. Lo mete todo y duele. Lo detengo un poco pero está cabreado. Se quede ahí y empieza a moverse. Resisto como puedo y aflojo un poco. Ya está dentro y no quiero problemas. Me levanta las piernas, me abre más, me gira levemente y cambia hasta dejarme acostado, empalmado, boca abajo, con mira al piso.

Me doma, cabalga vil vaquero sobre su yegua, abusa de su fuerza, entra hasta chocar con mis nalgas. Pareciera que quiere que entren sus huevos también. Imposible, my dear. Trato de zafarme pero me contiene los brazos con una mano y el cuello con la otra. Está poseído. Grito. Grito de placer fingido para que termine. Grito por mí porque no sé que tiene. Grito porque fue una mala idea aceptarlo, hoy no quería. ¿Por qué siempre cedo a su venida?

Grita. Se ha venido dentro de mí. Ha parado de moverse pero su sudor no; me escurre toda la espalda de su humor. Se retira y toma la toalla de mi silla, viene a sentarse a mi lado. – Ya me tengo que ir. Hoy iba a ser rápido – dice y me planta un beso. Empieza a vestirse mientra ahora yo me seco. Me pongo el shorts y una sudadera. Lo despido en la puerta.

 

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– En serio, ¿siempre hay condones en tu mesa? – Pregunta insistente.

– Adiós, Enrique – le digo y cierro la puerta.

 

Escucho que dice algo fuera pero no entiendo, ni quiero. Enciendo la tv y lo veo irse por la ventana. “Me duele el trasero” es todo lo que pienso.